Día 1
Hoy he comenzado la operación "Teta derecha". La teoría me la sé muy bien: ratitos cortos y frecuentes. Así que empecé con el sacaleches eléctrico 5 minutos cada media hora; pero enseguida me he dado cuenta de que parecía que no hacía otra cosa que ordeñar la teta, así que he preferido cambiar por la frecuencia "10 minutos cada hora" y me ha ido bastante mejor.
Pero he visto dos cositas que me han dejado un poco patidifusa:
- En primer lugar, mi hija cuando ha visto que estaba con la teta al aire y ha empezado a descubrir la leche que salía, ha decidido que era suya y que dejase el sacaleches (he de decir que la leche ha empezado a salir después de casi medio día dándole al "manubrio teteril"); he querido aprovechar la situación para ver si se interesaba por mamar, pero nada más meter la teta en la boca ha puesto cara de asco y ha dicho "¡¡caca!!". Imaginad cuál ha sido mi sorpresa cuando he observado con detenimiento esa leche que había quedado en la bocina del sacaleches: ¡¡era calostro!! No tengo ni idea de lo que mi cuerpo está interpretando, pero el hecho cierto es que de mi mama derecha ha empezado a salir calostro; denso y espeso, con ese sabor tan característico que a mi hija, con casi 22 meses, no le ha hecho ni puñetera gracia.
- En segundo lugar, ha ocurrido algo con lo que, la verdad, no había contado: los sacaleches también pueden producir grietas, y si no, que se lo digan a mi pobre pezón, tan tranquilito él desde hacía casi dos años, y ahora tiene unas grietas que parecen a punto de ponerse a sangrar en cualquier momento.
Este último descubrimiento ha estado a punto de hacerme desistir, pero la producción de calostro ha hecho que me pique la curiosidad. Yo no sólo es cuestión de sacar ese pezón inexistente y que mi hija pueda mamar de los dos pechos en el tiempo que le quede de lactancia; es que quiero saber cómo evoluciona la producción de leche de la teta derecha, que va por libre. Es como si pensanse que he vuelto a parir y que hay que alimentar a un bebé, además de a una niña de casi 2 años. Y me intriga.
Le pedí consejo a Raquel sobre las grietas y aunque en un principio me dijo que lo dejara, luego a ella también le intrigó lo del calostro, así que hemos quedado en que bajaré la potencia de succión para evitar las grietas en lo posible, aunque tarde un poco más.
De momento, sigo con la rutina. A ver qué pasa mañana.
sábado, 18 de abril de 2009
viernes, 17 de abril de 2009
¿Y la derecha qué?
Mi hija pequeña nació el 24 de junio de 2007; la noche de San Juan, en plena Fiesta Grande de León.
Parecía que se había enganchado bien al pecho, porque al principio no sentía dolor; pero tengo mucho pecho, y no me daba cuenta de que la succión no era buena, así que las grietas no tardaron en aparecer, especialmente en el pecho derecho, que es el más grande.
Para colmo, parecía que la leche no terminaba de subir, y la nena empezó con ictericia cuando llegamos a casa, después de que el genial pediatra del Hospital insinuase que, una vez más, no podría dar el pecho a mi hija.
Me centré en estimular mi pecho con sacaleches y ofrecía a la peque la leche que me sacaba con una jeringa para despertarla durante las tetadas y que así engordase, porque no había manera.
El problema es que al principio no era capaz ni de ofrecer la teta derecha a mi hija, ni de utilizar con ella el sacaleches, porque las grietas me mataban del escozor, así que decidí esperar a que curasen, y luego, ya me ocuparía de ella.
Pero cuando las grietas curaron y empecé a utilizar el sacaleches, me pasó una cosa rara: cuanto más le daba al manubrio del extractor, menos leche parecía salir. La mama se amorató e hizo una mastitis.
Mientras tanto, la nena ya había empezado a engordar y parecía que se había acostumbrado a mamar de un solo pecho, así que desistí.
Pero ahora, casi dos años más tarde, a mi hija le ha entrado la curiosidad: le da por dejarme en bolas y observar la situación; lógicamente los dos pechos ahora son totalmente diferentes: la mama izquierda (la que "funciona") se nota más blanda y rosadita, y el pezón sobresale más de un centímetro, lo que facilita un montón el agarre de la peque; sin embargo, la derecha (la que "está rota") es más grande y redonda, más blanca y el pezón es prácticamente plano, igual que lo era el de su compañera cuando comenzó nuestra lactancia.
Así que la Nana me ve y se parte de la risa, claro. Pero últimamente, va un paso más allá: le da por lamer la mama derecha e intentar agarrar un pezón que es prácticamente inexistente, por lo que termina la operación diciendo "eta no" y "caca", porque claro, no sabe rica.
Pero he decidido hacer una locura, aprovechando el reciente interés por la teta de mi peque: voy a intentar relactar la mama derecha.
Ya me han dicho que para qué, que menuda tontería. Pero yo creo que si puedo, ¿por qué no lo voy a hacer? Conozco a esta peque, y aunque los niños cambian a la velocidad del rayo, de momento me da la sensación que un añito más sí que le va a dar en la teta. ¿Por qué no voy a aprovecharlo y hacer que mis dos tetas vuelvan a ser iguales? ¿No tiene también derecho la diestra a disminuir su riesgo de padecer cáncer? ¿No tengo yo derecho a intentar acabar con un edema que hace que un pecho sea una talla más grande que otro?
Pues a lo mejor me equivoco, pero como creo que ése, el de equivocarse, es un derecho inalienable de cada persona, lo voy a intentar.
Mi colega Raquel B. la otra mitad de la teta y mi monitora de lactancia y ángel de la guarda en lo que a la teta se refiere, me ha sugerido que escriba un diario, y así lo voy a hacer.
Mi aventura con la relactación de la teta derecha empieza mañana; ya veremos.
Parecía que se había enganchado bien al pecho, porque al principio no sentía dolor; pero tengo mucho pecho, y no me daba cuenta de que la succión no era buena, así que las grietas no tardaron en aparecer, especialmente en el pecho derecho, que es el más grande.
Para colmo, parecía que la leche no terminaba de subir, y la nena empezó con ictericia cuando llegamos a casa, después de que el genial pediatra del Hospital insinuase que, una vez más, no podría dar el pecho a mi hija.
Me centré en estimular mi pecho con sacaleches y ofrecía a la peque la leche que me sacaba con una jeringa para despertarla durante las tetadas y que así engordase, porque no había manera.
El problema es que al principio no era capaz ni de ofrecer la teta derecha a mi hija, ni de utilizar con ella el sacaleches, porque las grietas me mataban del escozor, así que decidí esperar a que curasen, y luego, ya me ocuparía de ella.
Pero cuando las grietas curaron y empecé a utilizar el sacaleches, me pasó una cosa rara: cuanto más le daba al manubrio del extractor, menos leche parecía salir. La mama se amorató e hizo una mastitis.
Mientras tanto, la nena ya había empezado a engordar y parecía que se había acostumbrado a mamar de un solo pecho, así que desistí.
Pero ahora, casi dos años más tarde, a mi hija le ha entrado la curiosidad: le da por dejarme en bolas y observar la situación; lógicamente los dos pechos ahora son totalmente diferentes: la mama izquierda (la que "funciona") se nota más blanda y rosadita, y el pezón sobresale más de un centímetro, lo que facilita un montón el agarre de la peque; sin embargo, la derecha (la que "está rota") es más grande y redonda, más blanca y el pezón es prácticamente plano, igual que lo era el de su compañera cuando comenzó nuestra lactancia.
Así que la Nana me ve y se parte de la risa, claro. Pero últimamente, va un paso más allá: le da por lamer la mama derecha e intentar agarrar un pezón que es prácticamente inexistente, por lo que termina la operación diciendo "eta no" y "caca", porque claro, no sabe rica.
Pero he decidido hacer una locura, aprovechando el reciente interés por la teta de mi peque: voy a intentar relactar la mama derecha.
Ya me han dicho que para qué, que menuda tontería. Pero yo creo que si puedo, ¿por qué no lo voy a hacer? Conozco a esta peque, y aunque los niños cambian a la velocidad del rayo, de momento me da la sensación que un añito más sí que le va a dar en la teta. ¿Por qué no voy a aprovecharlo y hacer que mis dos tetas vuelvan a ser iguales? ¿No tiene también derecho la diestra a disminuir su riesgo de padecer cáncer? ¿No tengo yo derecho a intentar acabar con un edema que hace que un pecho sea una talla más grande que otro?
Pues a lo mejor me equivoco, pero como creo que ése, el de equivocarse, es un derecho inalienable de cada persona, lo voy a intentar.
Mi colega Raquel B. la otra mitad de la teta y mi monitora de lactancia y ángel de la guarda en lo que a la teta se refiere, me ha sugerido que escriba un diario, y así lo voy a hacer.
Mi aventura con la relactación de la teta derecha empieza mañana; ya veremos.
miércoles, 8 de abril de 2009
Su Majestad la Leche de Vaca
La leche es una secreción glandular presente en todos los mamíferos. En la naturaleza hay cerca de 5000 especies, y los humanos somos sólo una de ellas. La leche sirve para alimentar a la cría hasta que esté en condiciones de alimentarse con autonomía. Ninguna otra especie continúa con el consumo de leche después del período de lactancia. Cuando crecemos, los mamíferos perdemos las enzimas que permiten la digestión de la leche, porque sencillamente no las vamos a necesitar más. Sin embargo los seres humanos ignoramos esa ley natural.
Tengamos en cuenta que cada leche es específica, es decir, que tiene una fórmula especial para cada especie y varía considerablemente entre una y otra. Tanto la leche de vaca, como la de oveja, la de ballena, la de elefanta, la de morsa o la de perra son diferentes entre sí, y difieren obviamente de la humana. La leche de vaca sirve para criar terneros, un animal grande con cuatro estómagos que llegará a pesar 300 kilos. La leche humana en cambio privilegia el desarrollo de la inteligencia.
Es importante que sepamos que la “leche de fórmula” -como la llamamos hoy en día- es leche de vaca modificada para adaptarla a los requerimientos del bebé humano. Pero no es un invento químico, como muchas madres creemos.
¿Cuál es el efecto nocivo más fácil de detectar en el organismo humano? El moco. La principal responsable es la caseína, una proteína abundante en la leche de vaca. El moco es la reacción saludable del organismo contra una proteína que no puede incorporar. Por lo tanto, en la medida que incorporamos leche o lácteos, el organismo segrega moco. El resfrío común deriva en dolor de garganta, luego en rinitis, sinusitis, bronquitis, otitis, neumonía, y en todas las infecciones respiratorias con las que conviven los niños durante la infancia.
A pesar de esta abrumadora realidad, los adultos no podemos creer que la leche, la bendita y maravillosa leche, se nos vuelva en contra. Preferimos apegarnos a nuestras creencias en lugar de hacer caso a la sabiduría innata del organismo de nuestros hijos.
¡Todos nuestros niños están repletos de mocos y no estamos dispuestos a relacionarlo con la ingesta de leche! Parece que el miedo al cambio es más fuerte que el acceso a la verdad.
Laura Gutman
Tengamos en cuenta que cada leche es específica, es decir, que tiene una fórmula especial para cada especie y varía considerablemente entre una y otra. Tanto la leche de vaca, como la de oveja, la de ballena, la de elefanta, la de morsa o la de perra son diferentes entre sí, y difieren obviamente de la humana. La leche de vaca sirve para criar terneros, un animal grande con cuatro estómagos que llegará a pesar 300 kilos. La leche humana en cambio privilegia el desarrollo de la inteligencia.
Es importante que sepamos que la “leche de fórmula” -como la llamamos hoy en día- es leche de vaca modificada para adaptarla a los requerimientos del bebé humano. Pero no es un invento químico, como muchas madres creemos.
¿Cuál es el efecto nocivo más fácil de detectar en el organismo humano? El moco. La principal responsable es la caseína, una proteína abundante en la leche de vaca. El moco es la reacción saludable del organismo contra una proteína que no puede incorporar. Por lo tanto, en la medida que incorporamos leche o lácteos, el organismo segrega moco. El resfrío común deriva en dolor de garganta, luego en rinitis, sinusitis, bronquitis, otitis, neumonía, y en todas las infecciones respiratorias con las que conviven los niños durante la infancia.
A pesar de esta abrumadora realidad, los adultos no podemos creer que la leche, la bendita y maravillosa leche, se nos vuelva en contra. Preferimos apegarnos a nuestras creencias en lugar de hacer caso a la sabiduría innata del organismo de nuestros hijos.
¡Todos nuestros niños están repletos de mocos y no estamos dispuestos a relacionarlo con la ingesta de leche! Parece que el miedo al cambio es más fuerte que el acceso a la verdad.
Laura Gutman
lunes, 23 de marzo de 2009
La magia de las mamás
La magia de las mamás
Desde siempre, desde la noche de los tiempos, ha existido la magia de las mamás. Sólo hace falta recordarnos a nosotros mismos, de niños; cuando nuestras expediciones terminaban en herida, ella siempre estaba ahí, con el “Sanita, sana…” que hacía más que la Mercromina. También estaba cuando algo salía mal, para dar un abrazo; o cuando venía el disgusto, y nos daba un beso.
Y es sólo eso: un conjuro, un beso, un abrazo; un contacto que lo cura todo. La magia de las mamás.
Y esto ahora que lo recordamos, cuando hace generaciones que los “cazadores de magia” decidieron acabar con ellas, y sólo quedan estos vestigios, pocos, de toda la magia de las mujeres que se convierten en madres.
La evolución, las conquistas sociales, la lucha por la igualdad, ha ido terminando con esa magia; todo el maremagnum en el que se ha convertido la vida diaria de las personas, de las mujeres que queremos realizarnos, ser madres, esposas y personas de éxito en el mundo laboral; la llegada de las “superwomen” ha acabado con la esencia, con la sabiduría y la capacidad femenina para terminar con los problemas, para ver hasta con el cogote y saber, con una sola mirada, si las cosas van bien o mal. Y el caso es que la sociedad entera alaba a las superwomen y denosta a las magas.
Hace ya generaciones que se nos convenció de la malignidad del parto, de la necesidad de medicalizarlo, de las bondades del no sentir frente al sentir; y con eso empezó el final de la magia.
Sólo han hecho falta un par de generaciones para terminar con toda la sabiduría que a lo largo de la historia de la humanidad (que es la historia de las madres y los hijos) las mujeres han ido recopilando para la supervivencia y mejora de la especie. En aras de un mejor nivel de vida, de una igualdad que parece que nunca alcanzamos, porque, no nos engañemos, siempre vamos un paso por detrás de los hombres, por mucho que intentemos correr; con la excusa de la racionalización de la vida, de la injerencia de expertos en todas las facetas de la existencia humana, hasta en los aspectos más íntimos, se ha ido terminando con la visceralidad, con el contacto físico, con lo más animal e instintivo de nuestras vidas.
Parece que nos fastidia aquello de “ser dominadas por las hormonas”, y debemos hacer lo contrario a lo que nuestra naturaleza dicta, y así nos va.
Y habrá quien diga que esta postura es retrógrada, que con todo lo que hemos conseguido las mujeres, lo que falta es que venga una y diga que donde deberíamos estar es en casa con los niños. Y no.
Deberíamos retomar la evolución social que se inició hace dos siglos, porque lo que está claro es que tal y como estamos ahora poco hemos mejorado.
De lo que nos deberíamos haber dado cuenta cuando todo empezó es, precisamente, de la magia, el poder de las madres.
Y es que, hace 200 años, las encargadas de la educación de los niños eran las madres; las mujeres éramos quienes estábamos en casa, cuidando de los niños que estaban en la teta durante años y confiaban en ellas. Y en lugar de aprovechar la situación, la sociedad nos dice que lo que debemos hacer es abandonar la casa, trabajar al mismo nivel de los hombres, competir con ellos en eficiencia, pero cobrando menos, claro, que para todos no hay. Y para que no notemos esa llamada hormonal que nos dice que a los hijos no se les deja solos, ya nos ponen a parir (con perdón) en un entorno estéril, libre de emociones; y nos dicen que donde mejor están nuestros hijos recién nacidos es en una cuna de calor, lejos de nosotras; y nos convencen de que, además, han nacido para fastidiarnos; y nos dan claros datos médicos y psicológicos que demuestran que los niños deben aprender a vivir solos desde que nacen para ser más felices cuando sean adultos.
De esta manera, cuando apenas unas semanas más tarde nos vayamos a nuestro trabajo en el que tenemos que demostrar lo mucho que valemos y que somos mejores que los hombres, echando más horas por menos dinero, no nos sentiremos culpables y sentiremos mucho menos el vacío que deja un bebé en el alma de una madre.
Y entonces, cuando ese bebé ya tiene edad de ir al parque y se lastima, ya no recordamos el conjuro, le damos Trombocid. Y cuando nuestros hijos sufran una decepción, o tengan un disgusto, o les acosen en el cole, o sean ellos los acosadores, se consolarán solos, porque nuestro pecho, nuestras manos y nuestras voces ya no hacen mella en ellos. Y desaparecerán los ojos de nuestros cogotes. Y luego nos quejamos; y nos preguntamos qué pasa con nuestros niños.
Todo esto es lo que reivindico en estas páginas, todavía no sé si pocas o muchas. Reivindico el derecho de las mujeres a volver al principio para hacerlo bien; su derecho a recuperar su magia, porque sin magia no se puede vivir y las sociedades se destruyen; su derecho a recuperar su vida para darse cuenta del poder de las madres, del poder sobrehumano de las mujeres: dar la vida y mantenerla.
Desde siempre, desde la noche de los tiempos, ha existido la magia de las mamás. Sólo hace falta recordarnos a nosotros mismos, de niños; cuando nuestras expediciones terminaban en herida, ella siempre estaba ahí, con el “Sanita, sana…” que hacía más que la Mercromina. También estaba cuando algo salía mal, para dar un abrazo; o cuando venía el disgusto, y nos daba un beso.
Y es sólo eso: un conjuro, un beso, un abrazo; un contacto que lo cura todo. La magia de las mamás.
Y esto ahora que lo recordamos, cuando hace generaciones que los “cazadores de magia” decidieron acabar con ellas, y sólo quedan estos vestigios, pocos, de toda la magia de las mujeres que se convierten en madres.
La evolución, las conquistas sociales, la lucha por la igualdad, ha ido terminando con esa magia; todo el maremagnum en el que se ha convertido la vida diaria de las personas, de las mujeres que queremos realizarnos, ser madres, esposas y personas de éxito en el mundo laboral; la llegada de las “superwomen” ha acabado con la esencia, con la sabiduría y la capacidad femenina para terminar con los problemas, para ver hasta con el cogote y saber, con una sola mirada, si las cosas van bien o mal. Y el caso es que la sociedad entera alaba a las superwomen y denosta a las magas.
Hace ya generaciones que se nos convenció de la malignidad del parto, de la necesidad de medicalizarlo, de las bondades del no sentir frente al sentir; y con eso empezó el final de la magia.
Sólo han hecho falta un par de generaciones para terminar con toda la sabiduría que a lo largo de la historia de la humanidad (que es la historia de las madres y los hijos) las mujeres han ido recopilando para la supervivencia y mejora de la especie. En aras de un mejor nivel de vida, de una igualdad que parece que nunca alcanzamos, porque, no nos engañemos, siempre vamos un paso por detrás de los hombres, por mucho que intentemos correr; con la excusa de la racionalización de la vida, de la injerencia de expertos en todas las facetas de la existencia humana, hasta en los aspectos más íntimos, se ha ido terminando con la visceralidad, con el contacto físico, con lo más animal e instintivo de nuestras vidas.
Parece que nos fastidia aquello de “ser dominadas por las hormonas”, y debemos hacer lo contrario a lo que nuestra naturaleza dicta, y así nos va.
Y habrá quien diga que esta postura es retrógrada, que con todo lo que hemos conseguido las mujeres, lo que falta es que venga una y diga que donde deberíamos estar es en casa con los niños. Y no.
Deberíamos retomar la evolución social que se inició hace dos siglos, porque lo que está claro es que tal y como estamos ahora poco hemos mejorado.
De lo que nos deberíamos haber dado cuenta cuando todo empezó es, precisamente, de la magia, el poder de las madres.
Y es que, hace 200 años, las encargadas de la educación de los niños eran las madres; las mujeres éramos quienes estábamos en casa, cuidando de los niños que estaban en la teta durante años y confiaban en ellas. Y en lugar de aprovechar la situación, la sociedad nos dice que lo que debemos hacer es abandonar la casa, trabajar al mismo nivel de los hombres, competir con ellos en eficiencia, pero cobrando menos, claro, que para todos no hay. Y para que no notemos esa llamada hormonal que nos dice que a los hijos no se les deja solos, ya nos ponen a parir (con perdón) en un entorno estéril, libre de emociones; y nos dicen que donde mejor están nuestros hijos recién nacidos es en una cuna de calor, lejos de nosotras; y nos convencen de que, además, han nacido para fastidiarnos; y nos dan claros datos médicos y psicológicos que demuestran que los niños deben aprender a vivir solos desde que nacen para ser más felices cuando sean adultos.
De esta manera, cuando apenas unas semanas más tarde nos vayamos a nuestro trabajo en el que tenemos que demostrar lo mucho que valemos y que somos mejores que los hombres, echando más horas por menos dinero, no nos sentiremos culpables y sentiremos mucho menos el vacío que deja un bebé en el alma de una madre.
Y entonces, cuando ese bebé ya tiene edad de ir al parque y se lastima, ya no recordamos el conjuro, le damos Trombocid. Y cuando nuestros hijos sufran una decepción, o tengan un disgusto, o les acosen en el cole, o sean ellos los acosadores, se consolarán solos, porque nuestro pecho, nuestras manos y nuestras voces ya no hacen mella en ellos. Y desaparecerán los ojos de nuestros cogotes. Y luego nos quejamos; y nos preguntamos qué pasa con nuestros niños.
Todo esto es lo que reivindico en estas páginas, todavía no sé si pocas o muchas. Reivindico el derecho de las mujeres a volver al principio para hacerlo bien; su derecho a recuperar su magia, porque sin magia no se puede vivir y las sociedades se destruyen; su derecho a recuperar su vida para darse cuenta del poder de las madres, del poder sobrehumano de las mujeres: dar la vida y mantenerla.
martes, 10 de marzo de 2009
El mismo miedo
Es muy extraño que actualmente sólo podamos imaginar los partos como si fueran “situaciones riesgosas”. Es por eso que recurrimos a “especialistas” en tecnología, poco entrenados para sostener un encuentro humano y sin conocimientos para hacer preguntas adecuadas e íntimas. El motor de las decisiones suele ser el miedo. En consecuencia cada parturienta queda al servicio de las rutinas hospitalarias, en lugar de que el personal asistente esté al servicio de la parturienta. Un verdadero despropósito.
Que los partos se produzcan en las clínicas y hospitales trae consigo una contradicción insoslayable: para tratar todas las enfermedades y accidentes se requiere que los médicos y paramédicos “hagamos algo, y rápido”. En cambio, para asistir a una parturienta, lo ideal sería “no hacer casi nada y esperar”. Por lo tanto, la lógica de parir y nacer en instituciones médicas es difícil de explicar.
Consideremos que hemos dejado de respetar el tiempo. El parto es una demostración más de que las mujeres necesitamos comprender la dinámica del tiempo, sin confrontarlo ni manipularlo, porque lo único que logramos es quedar “fuera de nuestro tiempo” interno. Sólo cuando comprendamos que el parto sucederá cuando tenga que suceder, las intervenciones innecesarias caerán en desuso.
Tomemos en cuenta que si la escena del nacimiento es hostil, si somos mal tratadas, si parimos enchufadas a cables y atragantadas de medicamentos, si nos desconectamos al punto de despersonalizarnos para no sufrir; recibiremos a nuestros hijos en pésimas condiciones físicas y emocionales. Las primeras experiencias de esos niños serán desgarradoras y el futuro, incierto. En cambio si pretendemos convertirnos en una sociedad más madura, más rica, más culta y más pacífica, comencemos por el inicio: hagamos la revolución en las salas de parto. Trasformemos cada nacimiento en una semilla de amor. Informémonos. Hablemos entre nosotras. Contemos la verdad. Pidamos ayuda. Organicémonos. Acerquémonos parturientas y profesionales para saber que compartimos el mismo miedo y la misma ignorancia. No nos hagamos las distraídas porque el cambio depende de cada una de nosotras, las mujeres.
Laura Gutman
Que los partos se produzcan en las clínicas y hospitales trae consigo una contradicción insoslayable: para tratar todas las enfermedades y accidentes se requiere que los médicos y paramédicos “hagamos algo, y rápido”. En cambio, para asistir a una parturienta, lo ideal sería “no hacer casi nada y esperar”. Por lo tanto, la lógica de parir y nacer en instituciones médicas es difícil de explicar.
Consideremos que hemos dejado de respetar el tiempo. El parto es una demostración más de que las mujeres necesitamos comprender la dinámica del tiempo, sin confrontarlo ni manipularlo, porque lo único que logramos es quedar “fuera de nuestro tiempo” interno. Sólo cuando comprendamos que el parto sucederá cuando tenga que suceder, las intervenciones innecesarias caerán en desuso.
Tomemos en cuenta que si la escena del nacimiento es hostil, si somos mal tratadas, si parimos enchufadas a cables y atragantadas de medicamentos, si nos desconectamos al punto de despersonalizarnos para no sufrir; recibiremos a nuestros hijos en pésimas condiciones físicas y emocionales. Las primeras experiencias de esos niños serán desgarradoras y el futuro, incierto. En cambio si pretendemos convertirnos en una sociedad más madura, más rica, más culta y más pacífica, comencemos por el inicio: hagamos la revolución en las salas de parto. Trasformemos cada nacimiento en una semilla de amor. Informémonos. Hablemos entre nosotras. Contemos la verdad. Pidamos ayuda. Organicémonos. Acerquémonos parturientas y profesionales para saber que compartimos el mismo miedo y la misma ignorancia. No nos hagamos las distraídas porque el cambio depende de cada una de nosotras, las mujeres.
Laura Gutman
lunes, 9 de marzo de 2009
Tu hijo es una buena persona
Cuando una esposa afirma que su marido es muy bueno, probablemente es un hombre cariñoso, trabajador, paciente, amable... En cambio, si una madre exclama "mi hijo es muy bueno", casi siempre quiere decir que se pasa el día durmiendo, o mejor que "no hace más que comer y dormir" (a un marido que se comportase así le llamaríamos holgazán). Los nuevos padres oirán docenas de veces (y pronto repetirán) el chiste fácil: "¡Qué monos son... cuando duermen!"
Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las ondas de la radio, se llenan de "problemas de la infancia": problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos... Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema.
Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos "problemas", precisamente, a sus virtudes.
Tu hijo es generoso
Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido!
Tal vez la mamá de Marta piense que su hija "no sabe compartir". Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.
Tu hijo es desinteresado
Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada... pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere?
La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego "si te he visto no me acuerdo"? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés?
El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres.
Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice "hambre", "agua", "susto", "pupa"; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice "mamá". Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo... Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: "papá, mamá, venid, os necesito", no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?
Tu hijo es valiente
Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. "¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!" Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte.
Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. "Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar" es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.
Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras... son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.
Tu hijo sabe perdonar
Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos...
Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. "¿Será posible?" "Mírala, no le pasa nada, era todo cuento".
No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? ("Mamá se ha estado portando mal..."). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.
Tu hijo sabe ceder
Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro. Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.
Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un "Tontanchante", "la tontería que se engancha y es un poco repugnante", y que todos los de su clase tienen ya. "Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?" "¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero...!" Ya tenemos crisis.
Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.
Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos "salimos con la nuestra" cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.
Tu hijo es sincero
¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público "¿Por qué esa señora es calva?" o ¿Por qué ese señor es negro?" Que contestase "Sí" cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar "Sí" a nuestra retórica pregunta "¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?"
Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese "feo vicio". Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.
Tu hijo es un buen hermano
Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: "Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para ti sólito. Pero te seguiré queriendo igual". ¿No le parece que estaría "un poquito" celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.
Tu hijo no tiene prejuicios
Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir "vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles"? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.
Tu hijo es comprensivo
Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.
Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años ("De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis...") La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.
La semilla del bien
Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.
Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la "falta de disciplina", que se hubieran evitado con "una bofetada a tiempo". Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo "adecuado" para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita.
Dr. Carlos González, pediatra
Extractado de Bésame mucho
Y así los estantes de las librerías, las páginas de las revistas, las ondas de la radio, se llenan de "problemas de la infancia": problemas de sueño, problemas de alimentación, problemas de conducta, problemas en la escuela, problemas con los hermanos... Se diría que cualquier cosa que haga un niño cuando está despierto ha de ser un problema.
Nadie nos dice que nuestros hijos, incluso despiertos (sobre todo despiertos), son gente maravillosa; y corremos el riesgo de olvidarlo. Aún peor, con frecuencia llamamos "problemas", precisamente, a sus virtudes.
Tu hijo es generoso
Marta juega en la arena con su cubo verde, su pala roja y su caballito. Un niño un poco más pequeño se acerca vacilante, se sienta a su lado y, sin mediar palabra (no parece que sepa muchas) se apodera del caballito, momentáneamente desatendido. A los pocos minutos, Marta decide que en realidad el caballito es mucho más divertido que el cubo, y lo recupera de forma expeditiva. Ni corto ni perezoso, el otro niño se pone a jugar con el cubo y la pala. Marta le espía por el rabillo del ojo, y comienza a preguntarse si su decisión habrá sido la correcta. ¡El cubo parece ahora tan divertido!
Tal vez la mamá de Marta piense que su hija "no sabe compartir". Pero recuerde que el caballito y el cubo son las más preciadas posesiones de Marta, digamos como para usted el coche. Y unos minutos son para ella una eternidad. Imagine ahora que baja usted de su coche, y un desconocido, sin mediar palabra, sube y se lo lleva. ¿Cuántos segundos tardaría usted en empezar a gritar y a llamar a la policía? Nuestros hijos, no le quepa duda, son mucho más generosos con sus cosas que nosotros con las nuestras.
Tu hijo es desinteresado
Sergio acaba de mamar; no tiene frío, no tiene calor, no tiene sed, no le duele nada... pero sigue llorando. Y ahora, ¿qué más quiere?
La quiere a usted. No la quiere por la comida, ni por el calor, ni por el agua. La quiere por sí misma, como persona. ¿Preferiría acaso que su hijo la llamase sólo cuando necesitase algo, y luego "si te he visto no me acuerdo"? ¿Preferiría que su hijo la llamase sólo por interés?
El amor de un niño hacia sus padres es gratuito, incondicional, inquebrantable. No hace falta ganarlo, ni mantenerlo, ni merecerlo. No hay amor más puro. El doctor Bowlby, un eminente psiquiatra que estudió los problemas de los delincuentes juveniles y de los niños abandonados, observó que incluso los niños maltratados siguen queriendo a sus padres.
Un amor tan grande a veces nos asusta. Tememos involucrarnos. Nadie duda en acudir de inmediato cuando su hijo dice "hambre", "agua", "susto", "pupa"; pero a veces nos creemos en el derecho, incluso en la obligación, de hacer oídos sordos cuando sólo dice "mamá". Así, muchos niños se ven obligados a pedir cosas que no necesitan: infinitos vasos de agua, abrir la puerta, cerrar la puerta, bajar la persiana, subir la persiana, encender la luz, mirar debajo de la cama para comprobar que no hay ningún monstruo... Se ven obligados porque, si se limitan a decir la pura verdad: "papá, mamá, venid, os necesito", no vamos. ¿Quién le toma el pelo a quién?
Tu hijo es valiente
Está usted haciendo unas gestiones en el banco y entra un individuo con un pasamontañas y una pistola. "¡Silencio! ¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!" Y usted, sin rechistar, se tira al suelo y se pone las manos en la nuca. ¿Cree que un niño de tres años lo haría? Ninguna amenaza, ninguna violencia, pueden obligar a un niño a hacer lo que no quiere. Y mucho menos a dejar de llorar cuando está llorando. Todo lo contrario, a cada nuevo grito, a cada bofetón, el niño llorará más fuerte.
Miles de niños reciben cada año palizas y malos tratos en nuestro país. "Lloraba y lloraba, no había manera de hacerlo callar" es una explicación frecuente en estos casos. Es la consecuencia trágica e inesperada de un comportamiento normal: los niños no huyen cuando sus padres se enfadan, sino que se acercan más a ellos, les piden más brazos y más atención. Lo que hace que algunos padres se enfaden más todavía. Si que huyen los niños, en cambio, de un desconocido que les amenaza.
Los animales no se enfadan con sus hijos, ni les riñen. Todos los motivos para gritarles: sacar malas notas, no recoger la habitación, ensuciar las paredes, romper un cristal, decir mentiras... son exclusivos de nuestra especie, de nuestra civilización. Hace sólo 10.000 años había muy pocas posibilidades de reñir a los hijos. Por eso, en la naturaleza, los padres sólo gritan a sus hijos para advertirles de que hay un peligro. Y por eso la conducta instintiva e inmediata de los niños es correr hacia el padre o la madre que gritan, buscar refugio en sus brazos, con tanta mayor intensidad cuanto más enfadados están los progenitores.
Tu hijo sabe perdonar
Silvia ha tenido una rabieta impresionante. No se quería bañar. Luchaba, se revolvía, era imposible sacarle el jersey por la cabeza (¿por qué harán esos cuellos tan estrechos?). Finalmente, su madre la deja por imposible. Ya la bañaremos mañana, que mi marido vuelve antes a casa; a ver si entre los dos...
Tan pronto como desaparece la amenaza del baño, tras sorber los últimos mocos y dar unos hipidos en brazos de mamá, Silvia está como nueva. Salta, corre, ríe, parece incluso que se esfuerce por caer simpática. El cambio es tan brusco que coge por sorpresa a su madre, que todavía estará enfadada durante unas horas. "¿Será posible?" "Mírala, no le pasa nada, era todo cuento".
No, no era cuento. Silvia estaba mucho más enfadada que su madre; pero también sabe perdonar más rápidamente. Silvia no es rencorosa. Cuando Papá llegue a casa, ¿cuál de las dos se chivará? ("Mamá se ha estado portando mal..."). El perdón de los niños es amplio, profundo, inmediato, leal.
Tu hijo sabe ceder
Jordi duerme en la habitación que sus padres le han asignado, en la cama que sus padres le han comprado, con el pijama y las sábanas que sus padres han elegido. Se levanta cuando le llaman, se pone la ropa que le indican, desayuna lo que le dan (o no desayuna), se pone el abrigo, se deja abrochar y subir la capucha porque su madre tiene frío y se va al cole que sus padres han escogido, para llegar a la hora fijada por la dirección del centro. Una vez allí, escucha cuando le hablan, habla cuando le preguntan, sale al patio cuando le indican, dibuja cuando se lo ordenan, canta cuando hay que cantar. Cuando sea la hora (es decir, cuando la maestra le diga que ya es la hora) vendrán a recogerle, para comer algo que otros han comprado y cocinado, sentado en una silla que ya estaba allí antes de que él naciera.
Por el camino, al pasar ante el quiosco, pide un "Tontanchante", "la tontería que se engancha y es un poco repugnante", y que todos los de su clase tienen ya. "Vamos, Jordi, que tenemos prisa. ¿No ves que eso es una birria?" "¡Yo quiero un Totanchante, yo quiero, yo quiero...!" Ya tenemos crisis.
Mamá está confusa. Lo de menos son los 20 duros que cuesta la porquería ésta. Pero ya ha dicho que no. ¿No será malo dar marcha atrás? ¿Puede permitir que Jordi se salga con la suya? ¿No dicen todos los libros, todos los expertos, que es necesario mantener la disciplina, que los niños han de aprender a tolerar las frustraciones, que tenemos que ponerles límites para que no se sientan perdidos e infelices? Claro, claro, que no se salga siempre con la suya. Si le compra ese Tontachante, señora, su hijo comenzará una carrera criminal que le llevará al reformatorio, a la droga y al suicidio.
Seamos serios, por favor. Los niños viven en un mundo hecho por los adultos a la medida de los adultos. Pasamos el día y parte de la noche tomando decisiones por ellos, moldeando sus vidas, imponiéndoles nuestros criterios. Y a casi todo obedecen sin rechistar, con una sonrisa en los labios, sin ni siquiera plantearse si existen alternativas. Somos nosotros los que nos "salimos con la nuestra" cien veces al día, son ellos los que ceden. Tan acostumbrados estamos a su sumisión que nos sorprende, y a veces nos asusta, el más mínimo gesto de independencia. Salirse de vez en cuando con la suya no sólo no les va hacer ningún daño, sino que probablemente es una experiencia imprescindible para su desarrollo.
Tu hijo es sincero
¡Cómo nos gustaría tener un hijo mentiroso! Que nunca dijera en público "¿Por qué esa señora es calva?" o ¿Por qué ese señor es negro?" Que contestase "Sí" cuando le preguntamos si quiere irse a la cama, en vez de contestar "Sí" a nuestra retórica pregunta "¿Pero tú crees que se pueden dejar todos los juguetes tirados de esta manera?"
Pero no lo tenemos. A los niños pequeños les gusta decir la verdad. Cuesta años quitarles ese "feo vicio". Y, entre tanto, en este mundo de engaño y disimulo, es fácil confundir su sinceridad con desafío o tozudez.
Tu hijo es un buen hermano
Imagínese que su esposa llega un día a casa con un guapo mozo, más joven que usted, y le dice: "Mira, Manolo, este es Luis, mi segundo marido. A partir de ahora viviremos los tres juntos, y seremos muy felices. Espero que sabrás compartir con él tu ordenador y tu máquina de afeitar. Como en la cama de matrimonio no cabemos los tres, tú, que eres el mayor, tendrás ahora una habitación para ti sólito. Pero te seguiré queriendo igual". ¿No le parece que estaría "un poquito" celoso? Pues un niño depende de sus padres mucho más que un marido de su esposa, y por tanto la llegada de un competidor representa una amenaza mucho más grande. Amenaza que, aunque a veces abrazan tan fuerte a su hermanito que le dejan sin aire, hay que admitir que los niños se toman con notable ecuanimidad.
Tu hijo no tiene prejuicios
Observe a su hijo en el parque. ¿Alguna vez se ha negado a jugar con otro niño porque es negro, o chino, o gitano, o porque su ropa no es de marca o tiene un cochecito viejo y gastado? ¿Alguna vez le oyó decir "vienen en pateras y nos quitan los columpios a los españoles"? Tardaremos aún muchos años en enseñarles esas y otras lindezas.
Tu hijo es comprensivo
Conozco a una familia con varios hijos. El mayor sufre un retraso mental grave. No habla, no se mueve de su silla. Durante años, tuvo la desagradable costumbre de agarrar del pelo a todo aquél, niño o adulto, que se pusiera a su alcance, y estirar con fuerza. Era conmovedor ver a sus hermanitos, con apenas dos o tres años, quedar atrapados por el pelo, y sin gritar siquiera, con apenas un leve quejido, esperar pacientemente a que un adulto viniera a liberarlos. Una paciencia que no mostraban, ciertamente, con otros niños. Eran claramente capaces de entender que su hermano no era responsable de sus actos.
Si se fija, observará estas y muchas otras cualidades en sus hijos. Esfuércese en descubrirlas, anótelas si es preciso, coméntelas con otros familiares, recuérdeselas a su hijo dentro de unos años ("De pequeño eras tan madrugador, siempre te despertabas antes de las seis...") La educación no consiste en corregir vicios, sino en desarrollar virtudes. En potenciarlas con nuestro reconocimiento y con nuestro ejemplo.
La semilla del bien
Observando el comportamiento de niños de uno a tres años en una guardería, unos psicólogos pudieron comprobar que, cuando uno lloraba, los otros espontáneamente acudían a consolarle. Pero aquellos niños que habían sufrido palizas y malos tratos hacían todo lo contrario: reñían y golpeaban al que lloraba. A tan temprana edad, los niños maltratados se peleaban el doble que los otros, y agredían a otros niños sin motivo ni provocación aparente, una violencia gratuita que nunca se observaba en niños criados con cariño.
Oirá decir que la delincuencia juvenil o la violencia en las escuelas nacen de la "falta de disciplina", que se hubieran evitado con "una bofetada a tiempo". Eso son tonterías. El problema no es falta de disciplina, sino de cariño y atención, y no hay ningún tiempo "adecuado" para una bofetada. Ofrézcale a su hijo un abrazo a tiempo. Miles de ellos. Es lo que de verdad necesita.
Dr. Carlos González, pediatra
Extractado de Bésame mucho
miércoles, 25 de febrero de 2009
Soy una super mamá
Así me lo dijo hace poco una mamá amiga.
Lo curioso es que no me lo dijo por ninguno de los motivos por los que yo veo super mamás.
No me lo dijo por criar a dos niñas de alta demanda con toda la paciencia de la que soy capaz para no perder los nervios cada dos por tres.
Tampoco me lo dijo por intentar inventarme un trabajo que me permita estar con ellas.
Ni por hacer malabares con un sueldo de risa para que no les falte de nada ni se enteren de los malabares.
No me lo dijo por estar sin dormir cuando se juntan las dos una de "esas" noches. Ni por comer la última y de pie porque no son capaces de estarse quietecitas ni para comer. Ni siquiera por lo loca que se me pone la cabeza de las veces que tengo que oír "mamá ven" a lo largo del día. O por tener a la mayor con una pierna en cabestrillo durante tres semanas enseñándola yo en casa para que no pierda clase, y preparándola una fiesta de Carnaval con toda la chiquillería para que no se deprima.
Me dijo que soy una super mamá, porque a la peque la llevo siempre encima, en los portabebés, y porque, con 20 meses le sigo dando teta.
Ya ves, por las cosas que me hacen la vida más fácil, es por lo que los demás me ven como una super mamá.
Lo curioso es que no me lo dijo por ninguno de los motivos por los que yo veo super mamás.
No me lo dijo por criar a dos niñas de alta demanda con toda la paciencia de la que soy capaz para no perder los nervios cada dos por tres.
Tampoco me lo dijo por intentar inventarme un trabajo que me permita estar con ellas.
Ni por hacer malabares con un sueldo de risa para que no les falte de nada ni se enteren de los malabares.
No me lo dijo por estar sin dormir cuando se juntan las dos una de "esas" noches. Ni por comer la última y de pie porque no son capaces de estarse quietecitas ni para comer. Ni siquiera por lo loca que se me pone la cabeza de las veces que tengo que oír "mamá ven" a lo largo del día. O por tener a la mayor con una pierna en cabestrillo durante tres semanas enseñándola yo en casa para que no pierda clase, y preparándola una fiesta de Carnaval con toda la chiquillería para que no se deprima.
Me dijo que soy una super mamá, porque a la peque la llevo siempre encima, en los portabebés, y porque, con 20 meses le sigo dando teta.
Ya ves, por las cosas que me hacen la vida más fácil, es por lo que los demás me ven como una super mamá.
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